1 feb. 2011

Amor y Libertad van de la mano

Es usual que a hombres y mujeres nos suceda que al sentir vacío interior o soledad, busquemos en nuestro alrededor la causa de esta incomodidad. Y no es extraño encontrar que el padecimiento se ocasione después de pelearnos con nuestra pareja o con un hijo; con una desaprobación que el jefe hizo a nuestro trabajo, o con la sensación de que nuestras metas e ilusiones no se realizan. Como la explicación parece lógica, lo obvio es, entonces, que la solución para nuestro sufrimiento sea que los demás nos aprueben o que nuestros objetivos y deseos se cumplan. Y claro, al ser consecuentes con esta manera de pensar, nos dedicamos a hacer todo lo posible para que los demás cambien: le mostramos al cónyuge lo equivocado que está, al hijo cómo nos hace sufrir con sus conductas, al jefe le dejamos notar el stress que nos produce su mal genio. En general, nos quejamos de la situación, nos declaramos víctimas de una adversidad que, además, no merecemos. Lo que resulta paradójico es que este análisis nos parezca normal y estemos convencidos de que depender es natural, que todos necesitamos algo de los demás y que por algún extraño camino esta dependencia nos conducirá a la felicidad soñada. Pero en realidad el resultado de esta forma de pensar es otro: nuestra tranquilidad y felicidad quedan a merced de los demás y el sufrimiento no se hace esperar. ¿Será que necesitamos que el otro nos apruebe para sentirnos plenos, saber que valemos o sentirnos acompañados? ¿Será que necesitamos un mundo perfecto en el que todas nuestras ilusiones se hagan realidad para así poder estar contentos? Si así son las cosas, la consecuencia no puede ser más desesperanzadora, pues la regla parece ser la de resignémonos al dolor de depender, pues requerimos de los demás para vivir. Y aunque es innegable que todos, en alguna medida, necesitamos de los demás para vivir, no puede ser igual sentir afecto, amar, que depender. Sin embargo, en la vida práctica esta no es una distinción fácil. Por ejemplo, en una consulta una persona relataba que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de que su pareja no la abandonara. Al preguntarle cómo se explicaba que estuviera tan desesperada, contestó: “es que yo lo amo, cuando no está conmigo siento vacío y no tengo fuerza para nada”. Entonces le pregunté: “¿Acaso su pareja, además de ser su pareja, es su fuerza?” “Sin duda.”- fue su respuesta. Le sugerí que reflexionáramos un poco más porque yo no entendía bien como alguien podía ser su fuerza interior. Entendió el cuestionamiento y notó que estaba usando su relación para conectarse con su propia energía, pero aún así no le quedaba claro que era el vacío. Se concentró por un momento en los pensamientos que le surgían cuando sentía vacío y percibió que le decían que ella no era valiosa, que nadie más la iba querer. Pero sobre todo, lo más importante, se percató de que ella se lo creía. Al decidir que esa era una creencia falsa, se sintió libre y afirmó: “Me gustaría que mi pareja siga conmigo, pero tengo mis condiciones; ya no estoy dispuesta a cualquier cosa”. En otras ocasiones la dependencia puede ser más sutil, más difícil de identificar. Alguien  decía con mucho dolor que su esposa afirmaba que al mismo tiempo lo amaba pero que no lo necesitaba. Y es que aunque nuestras creencias culturales se han encargado de que convirtamos en sinónimos de “amar” a “necesitar”, “depender”, “controlar”, etc., nada más lejos de la verdad. Estas conductas solo nos alejan de nuestra fuerza interior, mientras que amar realmente nos conecta con la presencia de la libertad propia y ajena. Afirmar entonces que “amo” a alguien, tiene que ver con hacerme cargo de lo que soy, de mi felicidad, tanto como de comprometerme con la libertad del otro. En cambio, “depender” tiene que ver con esperar que el otro se haga cargo de las propias carencias o con llenar los propios vacíos. En pocas palabras, la necesidad obliga, la dependencia amarra, el control invita y atrapa, mientras que el amor libera.

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