23 ago. 2011

La abundancia es una ley del universo


Los hechos atroces despiertan la conciencia acerca del mundo en que vivimos y hacen que nos preguntemos: ¿qué les pasa a los que se atreven a las masacres, a los atentados, a las guerras?
Nuestras peleas cotidianas, en las relaciones familiares, en los medios laborales o en los colegios, se nos antojan tan lejanas, tan distintas de esos crímenes, que nos parece que entre ellos y nosotros hay un gran abismo. No parecemos de la misma especie, de la misma tradición cultural.
Sin embargo, aunque así parece, es probable que todos estemos en el mismo barco. Todo el que participa en una pelea familiar o internacional, todo aquel que elige un adversario momentáneo o vitalicio, se prepara para la confrontación y pone en escena un libreto conocido.
Este guión, al igual que una receta de cocina, paso a paso, va creando el escenario de una lucha que define quién será el ganador, y quién el perdedor. Y, como en toda receta, los ingredientes se van mezclando en el tiempo y poco a poco van produciendo el resultado.
El ingrediente básico para poder preparar una confrontación de poder, ya sea en una familia o en una nación, es el convencimiento de que vivimos en un mundo difícil donde todo es escaso: el amor, el dinero, las oportunidades, la tierra, el aire, el agua. Todo se agota.
El segundo ingrediente surge cuando el otro hace algo amenazante o inaceptable: intenta arrebatar los afectos de otra persona, el respeto, la autoestima, el dinero, la autoridad, el poder, el prestigio o la vida misma.
Es necesaria, sin embargo, la aparición un tercer ingrediente: la certeza de que no se puede permitir que alguien se apodere de un bien, material o espiritual, que considero mío. Eso nos coloca en posición de lucha. La creencia es que, si lo permitiera, me convertiría en alguien sin dignidad. Y si, adicionalmente, el bien es escaso, con mayor razón habrá que ir hasta las últimas consecuencias.
Obviamente si notáramos o confiáramos en que el universo es abundante, no creeríamos necesario pelear. Y es esta la ceguera que explica la aparición del cuarto elemento.
Es imperativo para que la batalla ocurra que se piense que sin lugar a dudas, tengo derecho de pelear, de buscar una reparación o una compensación, utilizando estrategias que se van desde molestar, vengarme, regañar, abandonar, humillar, encarcelar o pegar, hasta matar.
Verifiquemos los elementos de la receta básica: La vida difícil, el mundo escaso, la ofensa y el derecho a la reparación a través de una confrontación que defina el poder.
El resultado es predecible: la pelea familiar, la pelea callejera, la querella, el proceso legal con árbitros del sistema judicial, el conflicto bélico al interior de una nación o una guerra mundial. Todo tiene el mismo origen. Todo está manejado por los seres humanos que creen en la escasez.
La consecuencia es un mundo en guerra, con sus correspondientes vencedores y vencidos: Padres, hijos o hermanos de una misma familia, cónyuges, nacionales de diferentes zonas del mismo país, habitantes de un sitio u otro del mismo planeta.
En la consulta alguien me decía: “Estoy cansado, no entiendo qué nos pasa, es que acaso no podemos vivir en armonía?” -y agregaba, con dolor- “¿Por qué pedimos sangre?” Y yo recordaba ritos de culturas precolombinas en las que las deudas se pagan en sangre. Cruzó por mi mente la escena en la que los soldados de la época de la conquista matan aztecas al pie de la pirámide del Sol, porque asisten a un ritual en el que el sacerdote, en la cúspide, realiza un sacrificio humano; para el azteca sagrado, para los conquistadores un sacrilegio inaceptable.
Qué paradoja, matamos porque otro mata, regañamos porque otro regaña, gritamos porque otro grita, robamos porque otro roba.
Pero, ¿será verdad lo del mundo escaso? No hay duda de que hemos construido una cultura, una manera de vivir en la que hemos convertido en escasos los bienes materiales y el amor, en fin, todo lo que puede ser abundante.
Y, ¿cómo podemos pensar que los bienes materiales son escasos? Pues inventándonos sistemas sociales en los que solo unos poseen o controlan, para sí mismos, los recursos que servirían al bienestar de la mayoría. Así que vivimos tratando de poseer, para no ser desposeídos. La desconfianza entonces, se instala como el sentimiento básico de las relaciones sociales y el dicho popular “piensa mal y acertarás”, lo ratifica.
Pero, ¿cómo puede ser que el amor también sea escaso? Sabemos que sentirnos amados, reconocidos, es una condición fundamental para que estemos tranquilos y seamos creativos. Y justamente desarrollamos ideas que nos asustan y nos llevan a creer que el mundo de las relaciones afectivas es hostil. Por ejemplo afirmamos que solo una madre puede querer incondicionalmente, pero solo a sus propios hijos.
O también suponemos que solo hay una persona en todo el mundo que puede ser mi media naranja, de manera tal que si alguien cree que la encontró no la puede perder, es un bien único. Así concluimos que estamos muy solos, que el soporte afectivo es insuficiente.
En estos escenarios cuando todo nos amenaza, cuando podemos perder el amor, la tranquilidad, los bienes, todos somos capaces de convertirnos en protagonistas de una pelea familiar o de una gran guerra en la que se extermine al otro que amenaza. Qué maravilloso olvidarnos de la receta e inventarnos otra que más bien nos permita creer y notar que la abundancia es una ley en el universo, que la pelea por la supuesta escasez de los bienes es solo una historia cultural, un cuento de la ceguera.

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