18 abr. 2011

Mente sin Juicio

Sabio no es aquel que tiene su mente atiborrada de información. La verdadera sabiduría consiste en poder ser felices en el mundo tal como es, sin pretender acomodarlo como a nosotros nos gustaría que fuera. Tu paz interior y felicidad dependen de aceptar que no puedes elegir lo que crees que debería ser, pero sí puedes escoger como quieres ver lo que ya tienes. Cuando juzgas como buena o mala una situación confundes la realidad con tu interpretación de ella. Entonces harás que la paz sea imposible para ti, porque tendrás tu mente enfocada en conflictos. Y, por ley de correspondencia, conflictivas serán también las experiencias que el mundo exterior te brinde.
Tienes que aceptar que donde hay luz también existen sombras. Porque el bien y el mal, a pesar de ser dos fuerzas opuestas, son socios, que trabajan juntos con una meta común. Por eso, lo que tu mente califica inicialmente como mal, tiene grandes posibilidades de ser, a largo plazo, un bien disfrazado. Si vamos a escalar una montaña, no son las asperezas de las rocas las que nos hacen posible trepar cómodamente?
Hay una antigua parábola de Chuang Tzu, que pone en evidencia las diferencias entre el sabio y el ignorante. “Hace muchísimos años en la antigua China hubo un hombre llamado Lao Shang, que tenía fama de ser muy sabio. Lao Shang tenía dos tesoros: un hijo adolescente muy inteligente y bien parecido, y un caballo dócil, de raza muy fina.
Un día el caballo desapareció. Llegaron los vecinos y amigos de Lao Shang con toda clase de conjeturas sobre lo que había ocurrido al caballo. Todos estaban desolados por la mala suerte de aquel hombre justo. Pero él, aceptando la situación, les dijo: “antes no tenía caballo y era feliz, ahora, que ya no está, también puedo ser feliz sin él. No veo razón para estar triste”.
Unos días más tarde volvió el caballo a casa de los Shang, y traía consigo una manada de preciosas yeguas. Llegaron los vecinos y amigos alborozados ante la buena noticia. Pero Lao Shang permanecía impasible, sin ver motivo alguno para tanto festejo.
Algunas semanas después el joven, hijo de Lao Shang, decidió montar una de las yeguas nuevas que habían llegado con el caballo. Pero, al primer intento, la yegua despidió a su jinete lanzándolo contra una roca del camino. El muchacho quedó con una pierna destrozada, y hubo que amputársela para salvar su vida.
Horrorizados amigos y vecinos se presentaron ante Lao Shang para apoyarlo ante semejante desgracia. El hombre sabio entonces les dijo: “ quién puede percibir los procesos sagrados del cielo y de la Tierra? Las cosas disminuyen acá y aumentan allá; se presentan completas en un sitio, sufren desmembraciones en otro. Disminución, aumento, éxito, decadencia son los emblemas de la vida y la muerte. Solo la evolución del ser progresa sin tregua. Y con estas palabras los despidió.
Pasado algún tiempo China entró en guerra con Japón. En la población donde habitaba Lao Shang todos los jóvenes aptos para portar armas fueron reclutados para matar o morir. Solo Lao Shang pudo conservar a su hijo junto a él, gracias a que le faltaba una pierna. Así el más grande infortunio de su vida se convirtió en su mayor bendición”.

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