29 abr. 2011

¿Evitar los conflictos? No, asumirlos.

Evitar que un desacuerdo se convierta en una ruptura total, es un precepto prudente que en nuestro medio cultural se practica a diario. Son muchas las personas que en un momento crítico han oído frases como estas: “deje las cosas así”, “no le dé importancia”, “en el camino las cargas se arreglan”, “no le eche leña al fuego”, etc., etc. Sin embargo, evitar resolver las diferencias también puede matar el alma, el sentido mismo de las relaciones y de la vida.
Esta forma de actuar lleva a las parejas y a las familias a postergar conversaciones importantes; convencidas de que el tiempo se encarga de todo: anestesian sus sentimientos. ¿Será posible una vida plena evadiendo los conflictos?
En no pocas ocasiones son tantas las cosas que una pareja ha ido metiendo en la nevera, que la vida cotidiana termina por transcurrir en largos silencios que se interrumpen solo para hablar “de lo necesario”: “¿A qué hora regresas?”, “¿Almorzamos donde mis padres?”, “¿A dónde vamos de vacaciones?” O, peor aún, la riqueza del encuentro de la pareja en la noche se pierde dentro de un libreto predecible: “¿Cómo te fue?” “Bien, gracias, ¿y a ti? ¿Ya comenzó el noticiero?” De esta curiosa manera se crea la sensación de que se tiene una vida tranquila. Se olvida que la paz tiene que ver con la confianza, en que el otro es interlocutor válido para disfrutar igual lo cotidiano que las crisis.
Otro tanto ocurre en los medios laborales. Allí también se considera que es más sabio evitar resolver los conflictos. Un desacuerdo con la opinión del jefe puede ser peligroso, tanto para el que manda como para el que obedece, ya que uno puede perder el empleo y el otro la autoridad. Por lo tanto, si la autoestima o la dignidad no se interponen gravemente, parece mejor pasar agachado, aunque esto resulte en una perdida de oportunidades para la empresa. Y, finalmente, ni siquiera el ego del que manda será ganador.
Sucede que nuestras creencias culturales nos han enseñado que tener prestigio y respeto social es más importante que nuestra felicidad interior. Y, por lo tanto, no debemos hacer nada que lo amenace. Dentro de esa idea, una relación estable, de larga duración, cuenta que somos personas de bien y merecemos respeto, no importa qué tanto agonice el amor en ese vínculo. Mantener la posición de jefe implica sostenerse en el lugar del que todo lo sabe, ser un ganador que merece el poder que abre puertas, no importa cuántas buenas o valiosas conversaciones se desperdicien en ese recorrido.
Recuerdo el relato de un hombre que no entendía qué le pasaba, pues llevaba un largo y bien avenido matrimonio. A su manera de ver, era tan perfecto que ni siquiera necesitaban hablar, pues conocía muy bien todos los gustos e inconformidades de su cónyuge. Ambos sabían lidiar con el otro. Desde luego, habían aprendido a vivir en las mismas rutinas, cómodas, tranquilas, sin sobresaltos. Poseían los acuerdos necesarios para evitar conflictos y, sobre todo, ningún tema peligroso se tocaba. Pero ahora él había conocido a alguien muy distinto, y con esta persona todo era nuevo. Había una gran cantidad de asuntos para resolver. A él, esta nueva relación llena de conflictos le parecía emocionante y vital.
Le pregunté: ¿Qué pasaría si se atreve a discutir con su esposa esta experiencia por la que usted está pasando? Se asustó mucho y me dijo: “Pues ella se molestaría y nuestro matrimonio se terminaría”. Pero se quedó pensando un momento y afirmó: “Igual se va a terminar si no le doy la oportunidad de que vuelva a ser vital, así que en verdad no pierdo nada si hablo con ella”.
Y es que el amor es la fuerza que impulsa el crecimiento y la evolución de los seres humanos y de las relaciones. Así, cada obstáculo en la comunicación, cada conflicto, es una invitación a expandir nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos.
Cada vez que el temor a vivir un conflicto nos invade y preferimos las rutinas conocidas, la llama de amor se va muriendo en nosotros y nuestra vida se torna gris, aunque parezca tranquila o exitosa. En cambio, cada vez que logramos ser comprensivos, cada vez que nos comprometemos con resolver una diferencia o un conflicto, experimentamos la sensación de estar vivos. Cuando vamos mas allá de lo programado, creamos nuestro futuro, lo hacemos impredecible y por lo tanto, vital.

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