11 mar. 2011

Sanar las emociones

Para adquirir el dominio del cuerpo físico pasamos por un aprendizaje muy complejo: antes de poder hablar tuvimos que llorar para entrenar las cuerdas vocales. No adquirimos el control de esfínter y vejiga sino después de habernos hecho en los pañales innumerables veces. Nuestros músculos y huesos tuvieron que fortalecerse antes de poder sentarnos, y luego caminar. También en el nivel mental la formación que recibimos fue dispendiosa, pasamos largos años en el colegio y posiblemente en la universidad, para conquistar méritos académicos y capacidad de raciocinio.
Pero... ¿tuvimos las mismas oportunidades para desarrollarnos emocionalmente? La respuesta es un rotundo ¡no! Si como niños nos dejamos llevar por la rabia, o actuamos movidos por el resentimiento, lo más probable es que recibiéramos una buena reprimenda de los padres, o educadores. Con ello aprendimos que es “malo” expresar lo que sentimos, y, para ser aceptados, adquirimos el hábito de reprimir las emociones. Como consecuencia, a nivel físico, y mental alcanzamos la madurez, pero nuestro aspecto emocional se quedó a nivel de los biberones. Lo emocional permanece subdesarrollado, tal vez porque hasta ahora ha sido considerado peligroso, porque corresponde al aspecto femenino prohibido que llevamos dentro. En aras de la buena educación nos entrenan es para ahogar cada grito en la garganta, y secretamente congelar las lágrimas. El galopar del corazón debe ser disimulado a toda costa, y el dolor debe aprender a enmascararse con sonrisas.
No existe en nuestro medio la posibilidad de desarrollarnos emocionalmente porque es tabú entrar contacto con cada sentimiento, y aprender a llamarlo por su nombre. Así nunca llegamos a la cúspide del desarrollo emocional humano, que sirve de combustible a lo creativo. Saltarse una etapa tan importante de crecimiento tiene consecuencias graves. A un joven se le hace un implante intelectual del modelo de conducta que debe adoptar para ser “bueno”; aunque esa interpretación pueda contradecir lo que él en su interior ya sabe de sí mismo. Si no tiene conciencia de sus propias emociones, sepultará lo que considera inadecuado, y ese sentimiento reprimido pasará a ser la carga de sus niveles inconscientes, donde ya no pesa. ¡Como no lo ve, entonces significa que no existe!
Nada más errado, mientras uno más reprime, más acumula, hasta que llega el día en que la presión es excesiva y surgen las crisis imprevistas. Entonces ese ser humano somatiza los traumas en el cuerpo y enferma gravemente. O el torbellino de lo inconsciente le domina, y se ve impelido a conductas criminales, mientras que desde el intelecto él mismo se desprecia. Esa es la historia de algunos clérigos católicos, que comenzaron con intenciones de servir a Dios, y hoy de cara al mundo se ven acusados de pedofilia, relaciones homosexuales, y violación de monjas. Es también el caso de señores de gran prestigio y educación, que en casa le pegan a su esposa y violan y maltratan a sus hijos.
No importa cuantas horas dediquemos a orar y meditar, nadie puede llegar al espíritu si no ha conseguido limpiar su plano emocional. El compromiso es hacer conciente lo inconsciente y liberar las emociones. Este milagro de transformación solo se da, cuando permitimos que la emoción viva su ciclo natural. Si esta logra consumir todo el combustible acumulado, termina agotándose, da la vuelta y se devuelve. Por ejemplo: si observamos que hay odio guardado, mentalmente dramaticemos la vivencia llegando hasta el extremo de hacer picadillo al enemigo. La carga negativa de emociones debe descargarse con algún sustituto, que bien podría ser la almohada. Cuando se apague la mecha al odio, sentiremos el retorno a su polaridad opuesta, que en este caso es el amor. Entonces estaremos listos para perdonar y amar a quien nos hizo daño.
Ahora todas las terapias espirituales se concentran en la prioridad de sanar lo que ha permanecido oculto y drenar antiguas heridas que todavía supuran. Las terapias de “Renacimiento”, Memoria Celular y talleres similares al de “Sanar el alma” son muy recomendables, no solo como oportunidades para limpiar las emociones, sino que también nos conducen a la experiencia de revertir procesos de enfermedades crónicas, o incurables, que invariablemente han tenido su origen en traumas emocionales vividos en la soledad, y el silencio.

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